Sinopsis
Para Nabókov los sonidos de las lenguas tenían colores. La madre no necesitaba que él se lo explicara, aunque madre o hijo no siempre coincidieron en el color propio de cada sonido. Apilaban los cubos del alfabeto para armar una torre y señalaban qué cubo estaba equivocado: la letra era azul, pero debería ser verde con una sombra de violeta, o verde aliso, o verde manzana; la letra era roja, pero el sonido era dorado; la letra era amarilla, pero este sonido únicamente se correspondía con el cobre de matiz verde oliva. La sinestesia no se daba solo entre colores y sonidos. Las mariposas —Nabókov se irritaba porque rebajaban la lepidopterología al rango de la filatelia— también podían oler diferente a almizcle, a limón, a vainilla.
Arte, literatura, cine, dibujos animados y publicidades antiguas ilustran cada palabra elegida para este Alfabeto ruso, lo que revela una enorme amplitud de referencias culturales que se funden con la potencia del anecdotario personal. Tal principio de estructuración deviene en un mosaico erudito, que no descuida en ningún momento a quien lee. Desde la óptica del traducir, el aprender una lengua extranjera y el acercarse a una cultura, el texto recurre al asombro y la extrañeza para poner de manifiesto la agudeza de la constelación como forma de aprender la historia, planteando un tránsito afortunado entre lo narrativo, lo argumentativo y lo poético, ensanchando las fronteras de la no ficción contemporánea escrita en Latinoamérica. En una coyuntura en que las circunstancias nos alejan de Rusia. Alfabeto ruso, tiende un puente hacia u mundo distante sin claudicar ante la extrañeza.












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